El descodificador

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El juez Santiago Pedraz, en una de esas iniciativas que nos hacen volver a soñar con la justicia universal, se ha desplazado a Bagdad para reconstruir la muerte de José Couso. La idea es excelente, puesto que satisface las exigencias de una familia que se siente víctima de un crimen de guerra: piensan que al cámara de Telecinco le dispararon de manera premeditada, sabiendo que no era un francotirador, y que los gobiernos de Estados Unidos y España han silenciado el caso al considerarlo “daños colaterales”. Con su viaje, Pedraz, como en otras circunstancias hiciera Garzón, demuestra que al menos una parte de la justicia española no mira para otro lado, no cree en la impunidad, no se doblega ante el poder.


La comunicación también es poder. A lo largo de varios días veo a un Pedraz omnipresente, que aparece en televisiones, en webs, en periódicos, en fotos, en entrevistas, en vídeos… Pedraz en el aeropuerto de Madrid, Pedraz sonriendo junto a un escolta, Pedraz fumando delante del cartel del aeropuerto de Bagdad, Pedraz en un puente grabando con una cámara,  Pedraz charlando con corresponsales, Pedraz en la habitación del hotel, Pedraz con enviados especiales, Pedraz…

Admiro la decisión de Pedraz, un soplo de aire fresco en una institución oxidada y rancia. Pero, ¿es necesario convertir una investigación judicial en un show mediático? Plantearé de otra manera la pregunta: ¿Se puede evitar que una investigación judicial se transforme en un espectáculo informativo? Quizá sean prejuicios personales, pero cada vez admiro más la discreción. Jean de la Fontaine creía que “las personas que hacen poco ruido son peligrosas”. No estoy de acuerdo: la gente prudente, silenciosa y mesurada resulta tan adorable como escasa. El ruido es un mal de nuestra sociedad, una de las formas más terribles de contaminación, y los medios informativos se han transformado en amplificadores sin criterio. Son capaces de convertir las nueces en estruendo.

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Un motivo para NO ver la televisión

El último buen beso.

Autor: James Crumley.

Editorial: RBA.


Aviso a navegantes: nada más terminar de leer “El último buen beso” abrí Iberlibro, introduje el nombre de Crumley, y reservé todos los títulos suyos editados en España que encontré. “Uno que marque el paso” y “Un caso equivocado”. La razón es muy sencilla: ¡hacía años que no me divertía tanto con una novela negra!

El último buen beso” es la historia de C.W. Sugrue, un investigador privado aficionado a la botella con una facilidad sorprendente para contactar con otros bebedores. Incluso con animales que beben como esponjas: durante buena parte de la novela le acompaña un bulldog alcohólico. Y digo le acompaña porque todo sucede durante un viaje interminable, miles de kilómetros bañados en cerveza y whisky, en busca de una mujer que resulta no ser quien parecía ser.

Dicen que Crumley ha hecho por las carreteras del Oeste lo que Raymond Chandler hizo por Los Angeles de los años treinta, y es absolutamente cierto. El escritor de Three Rivers (Texas), fallecido hace tres años, describe con maestría e ingenio las carreteras, los bares y las calles de la América profunda. Olvide los coctels caros, los Cadillacs rosas y los apartamentos lujosos. Aquí se bebe cerveza en lata, se conducen camionetas desvencijadas y se vive en una continua resaca.

El último buen beso” es una novela espectacular. Por lo bien que escribe Crumley, un maestro de la ironía, y por el personaje protagonista, uno de esos detectives condenados a convertirse en clásicos. Diversión garantizada.

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