El descodificador

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TVE, la televisión pública, la única que ha renunciado a emitir publicidad, estrenó anoche “Los anuncios de tu vida”. El programa, presentado por Manuel Campo Vidal, flamante presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión, nace con ínfulas de retrato sociológico de varias generaciones. Pero realmente es un patético ejercicio de casposa nostalgia comercial: la publicidad es otra forma de contaminación.

La historia de la publicidad es la historia de la mentira. Viene siendo así desde que Eva vendió a Adán el pecado camuflado de manzana. Hoy esa burda estafa se ha sofisticado: al fraude comercial se le llama marketing, y tiene formas tan diferentes como la pulsera mágica Power Balance o la ayuda solidaria al tercer mundo. Le ampliaré esta última patraña publicitaria… El 12 de enero de 2010 un terremoto destrozó Haití, el país de las Antillas que comparte isla con la República Dominicana. Murieron 316.000 personas, y más de un millón quedaron sin hogar. La comunidad internacional, con España al frente, reaccionó de manera extraordinariamente solidaria y se comprometió a hacer todos los esfuerzos necesarios para reconstruir el país. Los políticos tomaron la palabra y organizaron inmediatamente viajes promocionales: La entonces vicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega visitó el campo de desplazados de Mais Gate, en Puerto Príncipe: “no les vamos a fallar”, dijo, rodeada de niños tristes. “Habéis traído la vida a Haití”, aseguró la ministra de Defensa durante su visita a las tropas españolas en la costa de Petit Goave, y abogó por “refundar el país y hacerlo mejor de lo que se hizo en ocasiones anteriores”.

Un año después del terremoto, Haití sigue sufriendo. El 95% de los escombros no se ha retirado, la reciente epidemia de cólera se ha cobrado ya más de 3.700 muertos, alrededor de un millón de personas sigue vagabundeando por las calles, tres millones necesitan ayuda humanitaria para sobrevivir…La televisión pública española, esa que no emite publicidad excepto con fines sociológicos, informa brillantemente sobre el fracaso de Haití: “debido a la  mala gestión de las ayudas, un año después la situación sigue siendo catastrófica”.

No era solidaridad, imbécil. ¡Era publicidad!



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Un motivo para NO ver la televisión

Mire al pajarito.

Autor: Kurt Vonnegut.

Editorial: Sexto Piso.

– He aprendido cómo los hombres conquistan su libertad y cómo pueden seguir siendo libres.

– ¿Cómo?- preguntó Claire.

– Luchando por los derechos de los desconocidos.

Kurt Vonnegut cierra con esta frase “El Key Club de Ed Luby”, una de las mejores historias de “Mire al pajarito”, el libro de relatos inéditos que se acaba de editar en España. Con esta colección Vonnegut (1922-2007) demuestra que es mucho más que el autor de “Matadero Cinco” o “El desayuno de los campeones”. Y es que cada cuento es una obra maestra, tanto por su estilo diáfano y rotundo como por su descomunal sutileza e ironía: no es fácil saber cuándo Vonnegut habla en serio y cuándo pasa la patata caliente al lector, solicitando su colaboración para juzgar las situaciones, analizar a los protagonistas e imaginar finales alternativos.

Humor negro, surrealismo, ciencia ficción y crítica social, elementos habituales en los libros de Vonnegut, se encuentran en dosis generosas en las 274 páginas de “Miren al pajarito”. Un regalo para todos los amantes de este escritor de Indianápolis, que es tanto como decir de la literatura satírica  norteamericana. Un maestro.

Es bien sabido que la virtud está en el equilibrio. Basta con seguir las portadas de nuestros principales periódicos para comprobar que la búsqueda de la armonía, ese sueño de la filosofía griega, sigue siendo tan estimulante como en los tiempos de Pitágoras. El miércoles los grandes diarios abrían con una fotografía llena de boato y lujo: el anuncio de la boda entre Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton, esta última luciendo un anillo de la malograda Lady Di. Ayer jueves, sólo un día después de mostrar esa imagen tan glamurosa, los mismos periódicos incluían en la portada la fotografía de una mujer desnuda que, tumbada en la acera de una calle de Puerto Príncipe, agonizaba víctima del cólera ante la indiferencia de los transeúntes. ¿Cuál de los dos es el mundo real?

Ambos. Consumimos anillos de lujo y epidemias de muerte con absoluta naturalidad, y en dosis similares, cada vez con mayor frialdad e indiferencia. El mundo en que vivimos nos permite este maridaje aberrante, esta incoherente doble vida: recuerden que la torturada capital de Haití y las lujosas residencias playeras de la República Dominicana están separadas por sólo unos kilómetros de indiferencia. Es posible, por tanto, ser tremendamente feliz siendo asquerosamente hipócrita. ¿La conciencia? No me sea usted aguafiestas… La conciencia se doma, como se doblega a un caballo entero. Y si la cosa se complica y la bestia se empeña en nos dejarnos vivir en paz, la capamos y punto.


El gran Forges, guerrillero incansable, nos lo ha estado recordando durante meses en la esquina de sus viñetas: “¡Pero no te olvides de Haití!”.


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“Ma-to. Yo por estar en Haití ma-to”, piensan en estos momentos cientos de periodistas, en una adaptación libre de una de las reflexiones más jugosas de Belén Esteban. Hoy, Haití es cool. Si eres periodista y no estás en Haití, no eres nadie. El epicentro de un terremoto ha convertido a un olvidado país caribeño en el epicentro del universo, informativa y solidariamente hablando. Es difícil el acceso al corazón de la catástrofe, pero no imposible: han salido de España seis vuelos oficiales con ayuda humanitaria… y con cámaras y periodistas de televisiones privadas. Los primeros en llegar tendrán a la muerte en exclusiva.

Haití antes del terremoto. Fotografía: Alice Smeets.

Pedro Piqueras, todo un director de informativos de Telecinco, ha salido para allá con la ilusión de un becario. Dicen que en Haití el olor de la muerte lo impregna todo: el paraíso del sensacionalismo, la meca para una estrella de la información amarilla. Hasta entonces, es tiempo de tertulianos, esos sabelotodo que unos minutos antes de entrar en directo han tecleado en Google la palabra “Haití”. “El tiempo corre en contra”, es todo lo que acierta a decir uno de los sesudos colaboradores del programa de Concha García Campoy (Cuatro). Colecciones de tópicos. Banalidades. Palabras cargadas de teatralidad y melodrama. Y ya saben que en esto de la televisión el que da primero, da dos veces: Antena 3 ha organizado para hoy mismo un telemaratón solidario.

“La comunidad internacional se está volcando con este pequeño país”, dice Gabilondo en su informativo de Cuatro. “América está a vuestro lado. El mundo está a vuestro lado”, asegura Obama. Un poco tarde ¿no? Haití siempre ha necesitado ayuda. Nadie ha estado nunca a su lado. Es uno de esos “estados fallidos” a los que se refieren, con repugnante distancia, los expertos en política internacional. Un país más allá del alcance del derecho nacional o internacional. Un país de mierda.

Para miles de haitianos la ayuda humanitaria europea, la solidaridad de Antena 3, los directos de Piqueras, el apoyo de Obama, llegan demasiado tarde. Están muertos. Sus casas eran de una fragilidad miserable, no tenían hospitales, carecían de alimentos, de infraestructuras. ¿Quieren ustedes ser solidarios, como piden las televisiones? Diferencien una tragedia puntual, de carácter natural  y mediático, del olvido, la tragedia diaria de carácter político. Recuerden que, por poner un ejemplo, dentro de unos meses comienzan los monzones, y miles de personas morirán y perderán sus casas y cosechas en India, Bangladesh, Nepal…Y que luego llegarán las  hambrunas en Chad o Níger. Y las matanzas en Sierra Leona. Si esas miserias no son desproporcionadas, si a ellas no llegan las cámaras de televisión, si no sirven para abrir un telediario, no serán noticia. No existirán.

Además, dentro de unas horas otro suceso de rabiosa actualidad eclipsará el terremoto de Haití. Y entonces Obama, Piqueras y Antena 3 dejarán de estar a su lado. Los periodistas y cámaras regresarán. Y allí todo volverá a ser como antes.

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P.D.1

Las urgencias de los periodistas por emitir imágenes de tragedias son enormes. Tanto que les impiden la práctica del periodismo. Incluso en “el mejor telediario del mundo”. Los informativos de TVE han  emitido en las últimas horas dos vídeos falsos. Es decir, imágenes extraídas de You Tube que, vaya por Dios, no se correspondían con los hechos que se estaban narrando.

Para TVE es el terremoto de Haití, pero en realidad se trataba de una tormenta desatada durante un festival de rock en 2007 en Venecia.


Para TVE es una riada de hace dos semanas que tuvo lugar en Ciudad Real, pero lo cierto es que se trataba de un suceso ocurrido hace dos años en la localidad de Freeport, en Maine (EE.UU.), grabada por un fotógrafo del canal News 8.


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P.D.2

Cinco años y un día (el aniversario de Ana Rosa)

Tragedia en Haití. ¿Podría Estados Unidos coordinar la ayuda internacional? “Obama es heredero de esclavos negros. Imagino que tendrá una sensibilidad especial”, asegura Ana Rosa Quintana, que sabe mucho de negros. Es el resumen perfecto de “El programa  de Ana Rosa” (Telecinco). Un esperpento. Moral y estético. La ausencia de escrúpulos, la audiencia por encima de todo. Y viene siendo así desde hace cinco años. Tiempo suficiente para convertir a la escritora en líder de las mañanas televisivas.

Botox por dentro, hipocresía por fuera. En el programa de Ana Rosa coinciden los bastardos de “Gran Hermano” y un calendario solidario para un colegio en Nicaragua. Las tertulias facciosas y los niños con enfermedades espantosas. Los sucesos macabros y las entrevistas a las familias de las víctimas. Los vividores del corazón y los reportajillos de investigación. “Antes que periodistas somos personas”, dice Ana Rosa. Y no miente: antes que periodistas son cualquier cosa. Asustaviejas, trileros, exibicionistas, chupasangres, plagiadores… “Somos obreros de la comunicación”, insiste la reina del photo shop en un alarde de cinismo.

“Ana Rosa cambia constantemente de vestuario, pero cada día sale con la misma sonrisa y el mismo brillo en los ojos”, reza una voz en off. “Cinco años de exclusivas”, asegura Ana Rosa. Y arranca un vídeo para confirmar sus palabras: el hombre lobo mejicano, la mujer más pequeña del mundo, prendió fuego a su mujer, entrevista a los padres de la muerta, charla con la familia de Madeleine, el crimen de Fago, las víctimas del avión de Spanair, las escaleras donde murió Mari Luz, los padres de Marta del Castillo, Antonio Puerta escribe al programa… “Hay que ver lo que hemos llorado… pero también lo que nos hemos reído. Antes, unos bonitos anuncios”, sentencia la presentadora.

“El programa de Ana Rosa”, sin duda la mayor basura que se emite en televisión matinal, funciona: un 21,9% de audiencia media y 1004 días siendo líderes. “Un programa consolidado como el principal referente informativo de las mañanas”, resume la autopromoción del programa.

Lo peor. Eso es el programa de Ana Rosa.


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