El descodificador

Archive for septiembre 8th, 2010

Últimamente los periodistas hablan mucho sobre el futuro del periodismo. Pierden el tiempo: el periodismo lleva años muerto. Algunos se niegan a creerlo, y dicen que el periodismo está más vivo que nunca, pero me da la sensación de que mantienen esa postura porque quieren conservar sus altas nóminas. Otros dicen que sólo está enfermo, y que la culpa de su mala salud, la del periodismo, es de las nuevas tecnologías. Mienten: yo estaba presente cuando el periodismo fue asesinado por los propios periodistas.

Todo comenzó a finales del siglo XX, cuando un servidor trabajaba en el suplemento dominical de un diario de tirada nacional. Hubo un cambio en la dirección del producto, y también en la línea de trabajo: se acabó la información y los reportajes, llegó la publicidad encubierta, los bazares, la autopromoción y los adelantos editoriales. El buen periodismo es caro, y el periódico necesitaba abaratar costes para que los propietarios pudieran invertir en nuevos proyectos empresariales. Así las cosas, en la redacción sustituimos las fotografías de Salgado por un bazar de relojes, y la información, por un avance del nuevo libro de Pío Moa (editado por nuestra propia editorial).

Para llamar a Rolex, traducir un catálogo, recortar y pegar un párrafo o poner pies de foto y titulares sensacionalistas, los periodistas de verdad ya no eran necesarios. Fueron sustituidos por becarios y periodistas de paja con sueldo de saldo. Esta nueva política se reflejó en las cuentas de la empresa: rápidamente obtuvo grandes beneficios que invirtió en nuevos edificios, deslumbrantes estudios de radio (desde los que jamás se emitió un solo programa), flamantes cadenas de televisión (que perdían dinero ofreciendo debates casposos y westerns de los años sesenta) y, por supuesto, en seguir pagando las grandes nóminas y los sobres navideños de unos periodistas que, desde sus imponentes despachos enmoquetados, se negaban a ver el grave deterioro del periodismo.

La calidad del periódico se resintió. El producto que se ofrecía al público era tan malo que el diario dejó de ser una fuente de información totalmente imprescindible, y se convirtió en una colección de exageraciones, mentiras y autopromociones totalmente prescindible. A las grandes empresas de comunicación no les importó demasiado: los accionistas seguían ganando dinero, que invertían en nuevos y ruinosos juguetes audiovisuales.

Y entonces llegó el 11-M. Gracias a esos atentados supimos que la responsabilidad de la muerte del periodismo no era sólo de aquellos empresarios ludópatas a los que se refería Enric González en una famosa columna nunca publicada. En esos días grises los trabajadores (los periodistas) se convirtieron en cómplices del crimen. Recuerdo con tristeza cómo la redacción de mi periódico permaneció en silencio ante las tropelías y mentiras publicadas tras el atentado. Nadie se quejó de la falta de rigor, de la carencia de escrúpulos, de la ausencia de periodismo.

Afortunadamente, para entonces los gurús del periodismo ya habían dado con la solución a la incipiente crisis. ¿Reforzar las plantillas? ¿Apostar por el talento? ¿Volver al periodismo? ¿Ser más independientes? No. Los mismos que hace años ya salvaron la prensa escrita vendiendo con el periódico un sacacorchos diseñado por Mariscal, ahora proponían regalar las noticias en internet. ¡Qué genialidad! ¡Qué talento! ¡Qué visión de futuro! Además, en último caso siempre se podría solicitar ayuda económica al Gobierno.

Aunque algunos se resisten a aceptarlo (sus nóminas no se lo permiten), hoy sabemos que los asesinos del periodismo son dos: la torpe codicia de las empresas de comunicación, y el sumiso aburguesamiento de unos periodistas que sólo piensan en mantener sus cada vez más precarios e innecesarios puestos de trabajo.

Descanse en paz.

P.D.

La alegría del post de ayer, “¡Arriba esos ánimos!”, sólo ha durado 24 horas. Me temo que he regresado a mi “negativismo sistemático”. Qué penita más grande…

.

Un motivo para NO ver la televisión

A sangre y fuego.

Autor: Manuel Chaves Nogales.

Editorial: Austral.

“Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quién la defendiese”. De esta manera termina “A sangre y fuego”, el mejor libro que he leído sobre la Guerra Civil Española. Así de sencillo. Nueve relatos estremecedores, inolvidables, perfectos, escritos desde el lado de las víctimas (de todas las víctimas). El periodista Chaves Nogales escribió esta obra maestra en 1937 desde el exilio francés, lejos de los suyos, pero no buscó en ningún momento la revancha: sus crónicas, basadas en hechos reales, se limitan a recoger con precisión e imparcialidad el dolor infinito del conflicto. Seguramente por eso, y por el entendimiento perfecto entre periodismo y literatura, leer este libro, subtitulado “Héroes, bestias y mártires de España”, es un placer absoluto y total.  Imprescindible.

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